N.º 35

DICIEMBRE 2005

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Primera circunnavegación a la Tierra.

Crónica de una odisea

José Antonio Molero  

  

1. Introducción

Desde la aparición del Islam (s. VII) y su expansión por todo el Próximo y Medio Oriente en los siglos subsiguientes, el comercio de la seda, las especias y el azúcar entre Europa y los países asiáticos productores había que hacerlo a través de intermediarios árabes, con la consiguiente carestía de los productos. Si a esto se añade la situación de bloqueo en que se hallaban las tradicionales relaciones mercantiles con Oriente a consecuencia del ímpetu que el Imperio Otomano había imprimido, desde el siglo XV, a su afán expansivo por la Europa oriental, es obvio que la búsqueda de una ruta alternativa que permitiese el comercio de esos productos con sus países de origen adquiriese una importancia de primer orden para los Estados occidentales.

Esa ruta alternativa permitiría el logro de dos objetivos: 1) Esquivar el bloqueo turco por Asia, que cortaba el paso a las caravanas de camellos, mediante las cuales se llevaban a cabo las transacciones comerciales con el Extremo Oriente; y 2) Comerciar directamente con las Indias, con el consiguiente abaratamiento de los productos, sumamente encarecidos por la mediación árabe.

A finales del siglo XV, los portugueses habían conseguido ya ese doble objetivo a través de la ruta del Este, costeando África, atravesando el océano Índico y llegando al Indostán; pero esa vía resultaba excesivamente larga en tiempo y en espacio. De ahí el gran empeño de España por llegar a Oriente siguiendo la ruta del Oeste, atravesando el Atlántico, cuyo primer intento dio lugar al descubrimiento de América, a la que se confundió con las Indias.

  

2. Los conocimientos geográficos durante la Edad Media

Durante la Edad Media se habían ido precisando unas cuantas ideas sobre la Geografía de las tierras desconocidas, que abrieron el camino a los grandes viajes y descubrimientos. Así, por ejemplo, los árabes tradujeron y dieron a conocer la obra geográfica de Ptolomeo y de la escuela de Alejandría. Los vikingos, en sus navegaciones, parece que llegaron, en los siglos X y XI, a Groenlandia y Terranova. Otro tanto se cree que lograron los pescadores vascos, llegando también a las costas de Terranova. Pero estas expediciones fueron ignoradas y no tuvieron importancia científica alguna.

    

Más trascendencia tuvieron los conocimientos aportados por los viajes del veneciano Marco Polo, que, en el siglo XIII, estuvo en Asia, visitando China y dando a conocer a Europa el Japón, países que designó con los respectivos nombres de Cathay y Cipango. Pero Marco Polo incurrió en el mismo error de Ptolomeo, pues alargó desmesuradamente los límites de las tierras de Oriente, de manera que el todavía ignorado océano Pacífico quedaba absorbido y el litoral de Cathay y Cipango se enfrentaba a las costas occidentales de Europa.

De otra parte, cosmógrafos del siglo XV, como Pedro Ailly y Paulo Toscanelli, sostenían la idea de llegar a esas tierras de Oriente por la ruta de Occidente, sobre la base de estos tres supuestos: 1) la opinión de Ptolomeo de que la Tierra era esférica; 2) por tanto, para ir a Oriente, se podía seguir la ruta del Sol, y 3) esa distancia era más corta que ir bordeando África.

Las obras de estos geógrafos y esas tres ideas fueron bastante divulgadas en tiempo de Colón y de los descubridores y expedicionarios navegantes de comienzos del siglo XVI.

  

3. Rumbo a Oriente por Occidente

Convencidos de la bondad de tales ideas, y descubiertos ya el continente americano y el océano Pacífico (antes llamado Mar del Sur), el problema que se planteaba ahora consistía en descubrir un paso que pusiera en comunicación el océano Atlántico con el Pacífico y permitiera llegar a las Islas de las Especias o Especiería (hoy archipiélago de las Molucas, en Indonesia) por Occidente. Con esas miras, España había organizado una primera expedición en octubre de 1515 dirigida por Juan Díaz de Solís, reinando aún don Fernando el Católico, viudo ya de Isabel I.

Díaz de Solís bordeó la costa brasileña, desde el Cabo Frío hacia el Sur, y llegó, en febrero de 1516, al llamado Mar Dulce, después Río de Solís, y hoy Río de la Plata, pensando en la posibilidad de que podría tratarse de un estrecho que comunicaba ambos océanos. Solís emprende su exploración río arriba, que llevó a cabo en un largo trecho, pero la expedición tuvo un fin desgraciado: el jefe expedicionario perdió la vida en una emboscada que le tendieron los indígenas que habitaban las orillas, y las dos naves, faltas de mando, hubieron de regresar a España sin haber logrado su propósito.

  

4. Fernando de Magallanes

La empresa de encontrar el anhelado estrecho fue realizada por un portugués al servicio de España, Fernando de Magallanes, quien, después de ver rechazado su proyecto por el rey de Portugal, Manuel I el Afortunado, se trasladó a Sevilla en 1517, junto al cosmógrafo Rui Faleiro, y ofreció sus servicios al rey Carlos I (y V emperador de ese nombre en el Sacro Imperio Romano Germánico).

Magallanes estaba convencido de que las Molucas habían quedado situadas dentro de la demarcación española que había fijado el Tratado de Tordesillas, firmado entre España y Portugal en 1494, y, en ese sentido, propuso al monarca español llegar a las Islas de las Especias por una ruta occidental de jurisdicción española, a través de un paso o estrecho por el Sur de América, evitando entrar en los dominios situados en la demarcación portuguesa. Tras ser aprobado el proyecto expedicionario, el 22 de marzo de 1518 firmó una capitulación en Valladolid, por la que era nombrado capitán general de la flota expedicionaria y gobernador de todas las tierras que descubriese y conquistara.

Magallanes se traslada al puerto de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz) el 10 de octubre de 1519, en donde permanece más de un mes a la espera de recibir las órdenes de partida, hasta que, por fin, el 20 de septiembre, puso rumbo a América del Sur con cinco naves: la Trinidad, como nave capitana; la Concepción, con Juan Sebastián Elcano como contramaestre; la Victoria, la Santiago y la San Antonio, y 265 hombres, entre los cuales figuraba Antonio de Pigafetta, cronista del viaje.

Tras aprovisionarse en las islas Canarias, llegó a Río de Janeiro, bordeó toda la costa de Brasil, exploró las bocas del Río de la Plata y el litoral de la Patagonia. Realizando labores de exploración por estas latitudes, una de las naves, la Santiago, se estrella contra la costa a causa del temporal.

  

    

Viendo que los rigores hibernales se le echaban encima, decide invernar en las costas de la Patagonia, a cuyo fin entra en la bahía de San Julián (en la actual provincia argentina de Santa Cruz) el 31 de marzo de 1520. Allí, Magallanes tendría que hacer frente a una sublevación organizada por la marinería.

En efecto, cuando se disponían a invernar en las proximidades de la bahía de San Julián, el veedor de la expedición, Juan de Cartagena, secundado por otros capitanes y por parte de la tripulación, se declaró en rebeldía, negándose a seguir adelante. Con astucia, Magallanes supo dividir la opinión de los sublevados, consiguiendo así reducirlos, e imponiendo luego severos castigos a los que habían tenido más responsabilidad en el motín: Luis de Mendoza, capitán de una de las naves, fue ejecutado; Gaspar de Quesada, capitán de otra nave, fue decapitado, y, como castigo, abandonó en aquellas inhóspitas y solitarias tierras a Juan de Cartagena, delegado de la Casa de Contratación, y a un clérigo francés, capellán de la expedición.

  

5. Encuentro del paso que comunica ambos océanos

Tras este lamentable acontecimiento, que vino a entorpecer y a retrasar los objetivos de la expedición, y tras una rigurosa invernada de casi cinco meses, reanudaron la navegación. Y, por fin, el 21 de octubre de 1520 Magallanes encontró el anhelado paso del Sur, al que el navegante dio el nombre de Todos los Santos, y que hoy lleva su nombre, Estrecho de Magallanes, el cual separa el continente americano de la Tierra del Fuego, denominación que dio a ésta el jefe expedicionario por las fogatas que se dejaban ver durante las noches, encendidas por los indígenas de aquellos parajes.

Durante la travesía del mismo, la San Antonio abandonó la expedición sin orden expresa de Magallanes, retornando a Sevilla. Las otras tres naves salieron al Mar del Sur, llamado así por Vasco Núñez de Balboa en 1513, y que Magallanes llamaría Mar de las Damas o, como se le conoce desde entonces, Océano Pacífico, nombres que le fueron sugeridos por la tranquilidad de que disfrutó durante la travesía de sus aguas gracias a los suaves vientos alisios que soplaban. Era el 28 de noviembre de 1520.

La nao San Antonio estaba capitaneada por Mezquita, sobrino de Magallanes, y llevaba como piloto a otro portugués, Esteban Gómez. Éste, envidioso de su insigne compatriota, decidió abandonarlo y regresar a España. Para ello, se aprovechó de que Magallanes le había ordenado seguir uno de los brazos interiores del Estrecho, mientras él marchaba por otro, para luego reunirse a la salida en el Mar del Sur. Gómez, después de atraerse a la tripulación y apresar al capitán, retrocedió hacia el Atlántico, llegando a Sevilla el 10 de mayo de 1521, con la noticia del hallazgo del deseado paso, hazaña geográfica en la que no le correspondía gloria alguna.

  

6. Muerte de Magallanes

Salidos a mar abierto, Magallanes subió por la costa de Chile hasta colocarse sobre los 32º de latitud Sur, desde donde viró hacia el Oeste y se adentró en el Pacífico. Fueron éstos tres meses de penosa navegación para los expedicionarios españoles:

las provisiones frescas se acabaron y el agua empezó a escasear, y el escorbuto hizo acto de presencia entre los miembros de la tripulación, hasta que, el 24 de enero de 1521, descubrió las islas de los Ladrones, llamadas después Marianas, donde se aprovisionaron de víveres y de agua. El 16 de marzo llegaron a las islas de San Lázaro, posteriormente nombradas Visayas, situadas en el centro del archipiélago que constituyen las que luego serían llamadas islas Filipinas, en honor del rey Felipe II, bajo cuyo reinado se conquistaron.

Allí, en un islote llamado Mactán, próximo a Cebú, los expedicionarios fueron atacados por los aborígenes liderados por el cacique Lapu-Lapu, en cuyo encuentro perdió la vida Magallanes el 27 de abril de 1521.

  

7. Juan Sebastián Elcano: llegada a las Molucas

Las bajas entre los navegantes fueron muchas. Ello hizo necesario abandonar e incendiar, por falta de tripulantes, la Concepción, quedando sólo dos naves, y, dada la necesidad de un jefe de la expedición, fue elegido capitán el guipuzcoano Juan Sebastián Elcano (natural de Guetaria), contramaestre de la Concepción, lo cual sería motivo de recelos entre otros aspirantes.

Elcano pone rumbo a las Molucas, meta de la expedición, a cuyas costas arriban las dos naves en noviembre de 1521, fondeando en la isla de Tidore: el objetivo de la expedición estaba logrado. Allí fueron favorablemente recibidos por el rey de la isla, cargaron gran cantidad de especias y les fueron entregadas cartas de los reyes del Maluco para el monarca español.

Con la satisfacción de haber logrado llegar a las Islas de las Especias y siguiendo la ruta de Occidente, Elcano pone rumbo al Oeste con destino a Panamá. Llegó a la isla de Timor (1522), en donde supo de otras muchas islas y tierras, pero la Trinidad, tras varios meses de navegación, dio síntomas de estar en mal estado, por lo que Elcano decide regresar a las Molucas a fin de reparar la nave. Llegan de nuevo a Tidore, pero toda la tripulación de la nave fue apresada por los portugueses, que acababan de desembarcar en la isla y tomar posesión de ella.

Siempre con rumbo Oeste, ya sólo con la nave Victoria, y con 47 españoles y 13 malayos, Elcano cruzó el océano Índico, dobló el cabo de Buena Esperanza (mayo de 1522) en el Sur de África. Puso rumbo al Norte, pero el agotamiento y el hambre se hacen de nuevo presentes en la tripulación. Después de perder la mitad de sus tripulantes, llegaron frente a la isla de Santiago de Cabo Verde, jurisdicción de Portugal, a cuyo gobernador decidió Elcano pedir socorro, a cuyo fin envió a tierra un pequeño esquife con 13 hombres, que fueron hechos prisioneros inmediatamente por los portugueses.

   

8. La epopeya

Vista la intransigencia portuguesa, Elcano continuó el viaje, y, el 6 de septiembre de 1522, la Victoria, nombre simbólico, tras recorrer 14.000 leguas, entraba en el puerto de Santa María (Cádiz) con sólo 18 hombres, extenuados y enfermos, resto de los 265 que habían partido tres años antes.

Juan Sebastián Elcano había dado por primera vez la vuelta al mundo. La esfericidad de la Tierra, hasta entonces sólo teóricamente admitida, quedaba empíricamente demostrada.

El emperador Carlos V gestionó inmediatamente la libertad de los tripulantes que habían sido hechos prisioneros por Portugal, recibió personalmente a todos los supervivientes en Valladolid, antes capital del Reino, y a Juan Sebastián Elcano le concedió una renta anual de 500 ducados de oro y le otorgó un escudo de armas con carteles alusivos a su hazaña, cuya cimera era un globo terráqueo con la leyenda: «Primus circumdetisti me» ("El primero que me diste la vuelta").

Elcano fallecería el 4 de agosto de 1526, durante la travesía del Pacífico, en un segundo viaje que le fue encomendado hacer a las Molucas.

  

9. Hegemonía portuguesa en Asia

El suceso de las Molucas dio origen a que España y Portugal entrasen en disputa por la posesión de estas islas, situación que fue hábilmente aprovechada por el monarca portugués Juan III. En efecto, el Emperador se hallaba comprometido, por ese tiempo, en guerras con Francisco I de Francia; con los turcos, que, penetrando por la cuenca del Danubio, amenazaban Hungría y Europa Central, con los berberiscos en el Mediterráneo y con los príncipes alemanes partidarios de la Reforma luterana.

Consciente de la inoportunidad estratégica de abrir un nuevo frente contra Portugal e influenciado por su esposa Isabel de Portugal, hermana mayor del monarca lusitano, Carlos V se avino a un acuerdo pacífico y firmó con Juan III el Tratado de Zaragoza (22 de abril de 1529), por el que el Emperador renunciaba, en favor de Portugal, a los derechos que pudiera tener España en las Molucas, a cambio de 350.000 ducados de oro, si bien podía recuperar estos derechos en caso de devolver a Portugal dicha suma, lo que, obviamente, era imposible en aquellas circunstancias de penuria económica en que se encontraba Carlos V a consecuencia de su compromisos bélicos.

De esta manera, aunque el tratado no impedía a España la navegación, exploración y conquista de nuevas tierras de Oceanía, ni implicaba la renuncia a sus derechos sobre las islas Filipinas ni a las demás islas oceánicas situadas al Este de meridiano de las Molucas, los portugueses se quedaban con el monopolio del comercio de Asia.

  

Con el periplo de Magallanes y Elcano se había dado por primera vez la vuelta al mundo. La esfericidad de la Tierra, hasta entonces sólo teóricamente admitida, quedaba empíricamente demostrada.

  

BIBLIOGRAFÍA FUNDAMENTAL

AVILÉS, Miguel Ángel y otros (1994): La expansión del Imperio Español. 1.ª ed. en la Col. Nueva Historia de España, 10, Ed. Edaf, Madrid.

FERNÁNDEZ ÁLVAREZ,  M. y A. DÍAZ MEDINA (1987): Los Austrias Mayores y la culminación del Imperio (1516-1598). 1.ª ed. en la Col. Manuales de Historia de España, 8, Ed. Gredos, Madrid.

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PAYNE, Stanley G. (1994): La España imperial. (Desde los Reyes Católicos hasta el fin de la Casa de Austria). Trad. esp. de Miguel Soles, 1.ª ed. en la Col. Los grandes temas de la Historia, 6, Globus Comunicación, Madrid.

PÉREZ, Joseph (1999): Carlos V. 1.ª ed. en la Col. Temas de Hoy, Eds. Temas de Hoy, Madrid.

  

  

 

  

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José Antonio Molero Benavides (Cuevas de San Marcos, Málaga) ha cursado los estudios de Magisterio y Filología Románica en la Universidad de Málaga, en donde ejerce en la actualidad como profesor de Lengua, Literatura y sus Didácticas. Desde hace cuatro años está al frente de la dirección de GIBRALFARO, revista digital de publicación mensual patrocinada por el Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Málaga.

  

GIBRALFARO. Revista de Creación Literaria y Humanidades. Año IV. Número 35. Diciembre 2005. Director: José Antonio Molero Benavides. ISSN 1696-9294. Copyright © 2005 José Antonio Molero Benavides. Reservados todos los derechos © 2002-2005 EdiJambia & Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura. Facultad de Ciencias de la Educación. Bulevar Louis Pasteur, s/n. Campus de Teatinos. Universidad de Málaga. 29071 Málaga (España). Cualquier reproducción total o parcial debe contar con la autorización expresa del editor o de los autores.

  

  

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